viernes, octubre 7, 2022

Reflexiones de una expedicionaria tricantina en Groenlandia

Lucía Hortal, a quien entrevistamos en 360y5 antes de partir hacia el Polo Norte, nos cuenta cómo ha sido su viaje por el Ártico, mitad aventura, mitad expedición científica, a bordo de un trineo de viento:

Qué bonito es volver a casa, pero qué pena dejar atrás todo lo vivido. Hoy me mandaba un whatsapp Ramón Larramendi, líder de la expedición, preguntándome cómo llevaba la vuelta a la civilización, preguntándome sí ya me había dado cuenta de que la expedición había sido solo un sueño… Y no me quedó otra que darle la razón. Qué bonito es volver a casa y ver a todos los que quiero, pero que pena dejar atrás ese mundo de frío y soledad. Qué agridulce está siendo la vuelta a la civilización.

Y me diréis: tal como te expresas, describiendo Groenlandia como un mundo de frío y soledad, pareciera que estás siendo sarcástica.

No, para nada. He crecido en un Madrid de 40 grados a la sombra en verano, y durante el periodo escolar los mejores días eran los días de nieve y frío, porque no teníamos que ir al cole. Me encanta el frío, me encanta la nieve. Y aunque no tenía claro cómo me sentaría la soledad del ártico, ahora ya sí puedo deciros que me encanta la soledad. Después de tres años planeando esto, en los que he estado ultraconectada con mucha gente todo el rato, este detox de comunicación me ha sentado como un bálsamo. Qué necesaria es la soledad verdadera para poder hablar con una misma. He retomado la conversación con mis “yo pasadas”: con mi yo de 5 años que jugaba a los piratas espaciales en el patio del recreo, con mi yo adolescente que quería viajar, con mi yo universitaria que quería convertirse en científica, con mi yo de estos tres últimos años que tanto esfuerzo ha puesto en esta aventura. ¡Hemos hablado todas durante un mes entero! Y hemos concluido que este mes ha sido uno de los mejores de nuestra vida. Y que esto no se acaba aquí. Cuando una ha probado de estas aguas aventureras tan frescas, es muy difícil no querer más.

Por el momento, quería compartir este viaje que ya queda en el pasado, en mis recuerdos, con vosotros.

Ha sido una travesía muy compleja y difícil en términos prácticos. Eolo no ha estado de nuestro lado en ningún momento y ha costado sangre, sudor (mucho) y lágrimas completar la ruta que nos habíamos propuesto.

Para empezar, nuestra salida al glaciar fue accidentada, cuanto menos. El piloto del helicóptero tuvo que retrasar nuestro vuelo una primera vez, del día 5 al día 7. Una tormenta hizo después que tuviéramos que retrasarlo todavía dos días más. Y finalmente, el día que pudimos volar, solo la mitad del equipo consiguió subir al hielo. Quedamos divididos, yo me encontraba entre aquellos que quedaron varados en la base (tierra firme), y los compañeros en el hielo tenían provisiones limitadas. No fue hasta el día 15 de mayo que conseguimos reunirnos todos, más el trineo y provisiones, en el glaciar.

Con semejante comienzo, comprenderéis que quisiéramos ponernos en marcha con el trineo cuanto antes. Lo montamos en un par de días, trabajando bajo una tormenta de nieve que el bueno de Eolo había traído para darnos la bienvenida. Y aun teniendo el trineo montado, los equipos listos y todo preparado para salir, todavía no pudimos movernos a penas durante los siguientes días, principalmente por una falta completa de viento favorable. Nuestra localización inicial se encontraba a los pies de unos altos nunataks que enredaban con el viento de muy mala manera, y nos empujaban todo el rato hacia la costa. En torno a la costa es donde el glaciar groenlandés se resquebraja y se forman fracturas y grietas. Este terreno puede resultar mortal.

Lejos de mejorar el asunto cuando por fin conseguimos librarnos de la influencia del nunatak, nuestro ascenso hacia la base norteamericana abandonada DYE3 (que representaba el punto más septentrional de nuestro viaje) se caracterizó por la sucesión de tormentas y periodos de calma absoluta que resultaban mental y físicamente agotadores. Cuando finalmente (y sin ninguna esperanza de alcanzarla) divisamos la cúpula blanca de DYE3, gritamos de alegría como no lo hemos hecho en ningún otro momento de la expedición, ni si quiera al finalizar. Habían sido tres semanas de lucha contra el dios Eolo muy duras y la DYE3 suponían un estímulo visual tremendo después de todo ese tiempo viento el mismo horizonte blanco de 360 º. No me malinterpretéis, las puestas de sol (cuando se pone) en el ártico, son preciosas. Pero solo cuando ves una anomalía como la base abandonada, en mitad de la nada, y tu cerebro se enciende como luces de navidad, extrañado, maravillado, te das cuenta de lo plano y monocolor que es el inlandis groenlandés.

La exploración de la base abandonada también supuso un hito en nuestro viaje, y lo disfrutamos todos como niños. En el piso más profundo del edificio tuvimos las temperaturas más bajas de toda la expedición: por debajo de los -30 ºC. A pesar del frío, fuimos reacios a abandonar esa reliquia colmada de detalles y clichés: moqueta en los suelos, latas de sopa de pollo de la marca Campbell, libros de espías y ciencia ficción, un bar completamente equipado (futbolín, billar, pingpong, juegos de mesa y mucho, mucho alcohol)… De que la base había sido norteamericana, no había ninguna duda. Pero al final tuvimos que volver a nuestra realidad blanca e infinita.

Volvimos, eso sí, con ánimos renovados. Con las pilas cargadas y dispuestos a combatir a Eolo con todas nuestras fuerzas. El camino de vuelta desde la DYE3, en contraste con las tres semanas que nos había tomado llegar hasta allí, solo nos llevó una semana. Tuvimos que renunciar a alcanzar la estación meteorológica que se encuentra en el summit del Domo Sur (nuestra travesía consistía en circunnavegar este domo), porque cuanto más subíamos en altura, más rápido moría el viento. Y esa ruta nos abocaba irremediablemente a un agujero negro de viento del que nos costaría salir mucho tiempo. Más del que disponíamos. Después de haber visitado DYE3, no nos pusimos muy tristes por no poder visitar el summit, teníamos más ganas de explorar nuestro destino final.

¿Y cual era ese destino final? (perdón, suena muy dramático) Pues ni más ni menos que un nunatak nuevo. Una montaña nunca antes cartografiada, que nosotros habíamos descubierto. Ramón la nombró Windsleds Harbour: el puerto de los trineos de viento. La guinda a un pastel de blanco azúcar glas que hemos saboreado todos de principio a fin. Y a pesar del cabrón de Eolo. Windselds Harbour ha sido nuestra última parada, pero representa mucho más. Este nuevo pico, a tantos kilómetros de la costa, es una prueba más del acelerado deterioro de los casquetes polares de nuestro precioso planeta, tan importantes para regular la temperatura global. Ese deterioro es especialmente agudo en el Polo Norte. Este nuevo risco de roca viva no es más que otro recordatorio del problema más importante que afrontamos como humanidad: el cambio climático. Un problema creado, fuera de toda duda, por nosotros y que esta en nuestras manos remediar.

Las expediciones son mucho más privadas y mucho más colectivas de lo que me había imaginado. Mucho más duras y mucho más simples. Mucho más bonitas y mucho más extrañas. Ha sido todo mucho más de lo que me esperaba y ahora que solo me queda el recuerdo (y toneladas de vídeos) siento morriña. Por eso estoy convencida de que no será la última vez que me embarque en locuras como esta. Locura, por cierto, en la que el Ayuntamiento ha participado, ayudando a financiarla, y en la que por tanto, habéis participado todos los tricantinos. No os conozco a todos, porque me cago en diez como ha crecido el pueblo en el que nací desde entonces, pero sí os lo agradezco a todos de corazón.

Lucía Hortal

(Imágenes cedidas por la autora del artículo)

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